Aquí estoy, en el trabajo, intentando escribir una carta de agradecimiento diez días después de una entrevista. Y si sólo fuera ése mi único lío, esto no sería nada. Pero creo que lo mejor es "procastrinar" un poco y contar mi historia.
El trabajo en cuestión es en una institución europea desconocida para mí hasta el momento en el que envié mi currículum. Sin embargo, ahora me parece no sólo más cercana, si no más lógica, más necesaria. Seguramente sea por la gente que me entrevistó en ella. Gente con responsabilidad (y mucha!) que sin embargo se lanzan a discusiones sobre temas complejos con un ingenio sorprendente. Gente admirable, amable, modesta y a la que ni su edad ni su puesto parece habérsele subido a la cabeza. Y brillantes, muy brillantes.
El puesto en cuestión sería en Luxemburgo, el pueblo europeo más cosmopolita que he visto en mucho tiempo. Es pequeño, frío y oscuro. Pero he tenido suerte: el día que fui a cenar al centro topé con un
restaurante italiano increíble, donde me recibieron en italiano, me sirvieron en italiano y bromearon conmigo en italiano. Hacía mucho tiempo que no escuchaba cinco idiomas en una sala de menos de 150 metros cuadrados. Portugués en la esquina, inglés enfrente, italiano y francés entremezclado en la mesa del otro extremo...Será que hace mucho que no me pasa, o que lo echo de menos de mi época de estudiante, pero esa Babel me reconforta, me alegra.
Otro golpe de suerte fue coger el taxi correcto el segundo día. Por puro azar, caí en el taxi de un portugués que trabajó en Eurostat, pero al que un golpe de mar (en femenino) le desarboló y se lo llevó a dar la vuelta al mundo. Me estuvo contando cosas, entre ellas un trocito de su vida, y al final me invitó a un café. Ahora que he retomado esta entrada, y sé que me han acabado ofreciendo el puesto del que hablo, también sé que le debo una cerveza (Sagres, evidentemente!)